Descubre Almería y el Cabo de Gata desde la experiencia de nuestra compañera Mónica de Logroño:
Buenas noches,
será que tengo morriña de vacaciones, pero me apetece poner a prueba mi memoria con nuestra escapada del año pasado, cuando por estas fechas anduvimos de visita por esta costa tan alejada de Logroño de acogida, Almería, y su Cabo de Gata.
Vimos unas fotos en una revista de viajes y pensamos en ir a ver qué tenía aquel rincón de tan especial.
Nos encontramos unos pueblos, un paisaje, un viento y un mar distintos a lo que habíamos conocido hasta ahora, y nada más llegar Las Negras nos embrujó.

Se trata de una antigua villa de pescadores que en los últimos tiempos ha crecido “gracias” al turismo y a la construcción de apartamentos y casas preciosas, pero en su justa medida, sin forzar el espacio ni las vistas. La calle principal lleva a una calita donde encontramos un par de bares, otro par de restaurantes y una terracita que me pareció especial por sus bancadas en ladrillo mirando al mar. El lugar perfecto para tomarse una cañita con aceitunas de la tierra al atardecer.

Al día siguiente, con algo de información recabada desde aquí y con lo que nos contaron allí, comenzamos nuestra ruta de visitas por la zona. Nos acercamos a ver Rodalquilar, y su mina abandonada, donde hace mucho tiempo que se paró el tiempo entre las ruinas de sus pozos, almacenes y caminos. Pasamos un rato en su Playazo, una playita vigilada antaño por una antigua fortifización, convertida ahora en exclusiva y pintoresca residencia de algún afortunado terrateniente … bendita envidia.
Al día siguiente madrugamos y nos fuimos más allá, al Cabo de Gata, famoso por sus vistas, sus riscos, su playa y su viento, sí, su viento, que puede llegar a volver loco al más cuerdo.
Pasamos por Isleta del Moro, la playa de Monsul y su tremenda duna, la de los Genoveses, por Los Escullos y su Castillo de San Jorge, San José, pueblo típico y turístico nacido alrededor de una playa con forma de concha, campos de plástico, kilómetros y kilómetros de invernaderos que relucen al sol como si de un mar artificial se tratase, y, al llegar al cabo y empezar a subir por sus sinuosas curvas, nos dimos cuenta de que estábamos trepando a la barbilla de ese perfil de mujer al que se asemeja este país.
Curvas, arrecifes de sirenas, acantilados, roca y un pasisaje abrupto para llegar al faro, y desde allí, al sur, la playa de la Fabriquilla, larga y agitada por las olas y el viento de aquel día, pero tranquila y casi virgen imáginandola en un día de calma; la antigua Almadraba y las Salinas.
Seguimos por una senda dando un paseo para ver el paisaje lunar de montes redondeados que caen poco a poco a los pies del cabo, hacia el norte. Volvimos ya por el interior, por pueblos como Los Albaricoques, donde los directores y actores de los westerns americanos encontraron su sitio ideal para rodar tantas escenas inolvidables de aquellas películas de caballos y tiros que todos vimos en nuestra infancia o juventud.
Y también de camino, y con mucha paciencia para llegar por lo difícil del terreno, otro enclave de novela, el Cortijo del Fraile, escenario de un crimen que inspiró las Bodas de Sangre de Lorca, y ciertamente perturbador.
La mañana siguiente, calmado ya el viento, aprovechamos para ir a la playa a la vez que hacíamos un poco de piernas. Salimos por la senda que va de Las Negras, pasa por Cerro Negro y llega en hora y media más o menos a l casillo de San Pedro, que domina la vista sobre una playa multicultural y tranquila, hippy la llamarían algunos, muy agradable para mí que no tengo demasiados prejuicios en estos temas …
Y por la tarde a Agua Amarga y la playa de Los Muertos, playa de piedras como canicas que masajean los pies y acogen la espalda en la toalla, y que acaba en un impresionante acantilado donde cobijarse a las horas de más sol.
Día de mar transparente y en calma, tranquilidad, ensalada, pescado, gazpacho y sol.
Al día siguiente tocaba vuelta, recoger los bártulos y volver a casa, con la sensación de haber recorrido uno de esos rincones con encanto de España, y con la seguridad de que todas aquellas imágenes, esas puestas de sol, ese olor a tierra árida y a mar, y ese olor de la buena comida, quedaría en nuestro corazón.
(Mónica, Oficina de Avda. Portugal, 7, Logroño)