Aurora nos relata cómo montarse una escapada a Caños de Meca en Cádiz sin tener días de vacaciones.

 

 

Queríamos algo tranquilo y alejado del bullicio, pero no contábamos con muchos días, así que nos decidimos por una playa bonita donde tumbarse al sol. Nos resultaba difícil  buscar una playa inolvidable teniendo tantas aquí, en Almería,  pero la encontramos en ¨Los Caños de Meca¨.

Nunca habíamos ido a un camping, pero como por la zona no había hoteles disponibles y menos en primera línea de playa, decidimos probar y nos lanzamos a la aventura.

Llegamos por la tarde, y lo único que rondaba nuestras cabezas era meternos en el agua. Nuestra tienda de campaña se abría en segundos, así que tardamos muy poco en salir del camping para adentrarnos en las dunas que nos llevaron hasta una playa de agua cristalina presidida por el grandioso faro de Trafalgar.

Tras el baño refrescante decidimos ir a visitar el faro. No podía irme de un lugar así sin contemplar las vistas que ofrecía.

Al día siguiente el tiempo no acompañó, así que decidimos ir a visitar los barecillos del pueblo, comer por allí y relacionarnos con el entorno. Tuvimos mucha suerte porque no sólo comimos muy bien, sino que también descubrimos un chiringuito perdido entre las dunas con música en directo. Lo único que nos faltó por encontrar, fue el famoso pastel de tortilla con base de salmorejo con el que mi chico lleva años soñando, casi desde que fue a los Caños la primera vez. Tal vez la próxima lo encontremos.

Un día más tarde por fin el sol invitaba a bajar a la playa, así que cogimos las mochilas y nos fuimos a Los Caños. La playa es de tendencia nudista así que, nos adecuamos con el entorno.

Tras un rato viendo pasar gente cubierta de barro mi pequeña cabecita empezó a maquinar y me dispuse a dar un paseo por la orilla hasta encontrar el sitio de donde venía la gente llena de barro. Tardé más de lo que pensaba pero finalmente encontré el famoso barro, y como ya pensáis…si, me puse de barro hasta las orejas y me hice mi foto correspondiente.

Decidí continuar avanzando y escalando un poco  más por si tenía suerte, y aunque me costó encontrarlos, al final di con los famosos caños que dan nombre a la zona. Después de hacerme heridas de guerra en la escalada con las piedras de los salientes y estando toda embadurnada de barro. Son realmente sorprendentes y bonitos, merece la pena.

La vuelta a la playa fue algo más dura que la ida, ya que el tiempo empeoró. La marea estaba subiendo y empezó a llover, pero aún así regresamos justo a tiempo para quitarnos el barro y recoger las cosas antes de que la tormenta de verano empezara a mostrarse con fuerza.

La experiencia fue inolvidable, nunca pensé que un viaje sin apenas planearlo saliera tan bien, tengo claro que volveremos. Eso sí, si queréis visitar la zona llevar un calzado adecuado, yo recomendaría unos escarpines.

 (Aurora, oficinas Almería)