Mi primera sensación a nuestra llegada a Hanoi, tras el desconcertante trámite de los visados en la aduana, cosa que hay que tomarse con mucha paciencia y filosofía, fue … “¿me habré equivocado eligiendo el destino? ¡¡Esto es un caos!! “

Vietnam es un país de contrastes continuos, las 4 estaciones climáticas, las montañas y el caracter más cerrado de la gente en el Norte contra las 2 únicas estaciones, las llanuras y las sonrisas del centro y el sur del país.
Empezamos como hace casi todo el mundo por Hanoi, una ciudad donde reina el desorden ordenado, las motos y la gente por todas partes. Son gente que vive en la calle, trabajan, comen, quedan, se divierten y viven fuera de casa, y casi siempre rodeados de familiares o amigos.

Visitamos templos y pagodas; paseamos y fuimos de compras por el barrio viejo; nos mezclamos con el tráfico, en las tiendas y los mercados; asistimos a un teatro de marionetas en el agua- tradición ancestral que surgió de las inundaciones de las épocas de lluvias-; comimos en restaurantes donde al principio la única manera de pedir comida era fiarte de lo que comía el de al lado o de tu intuición, aunque el resultado fue muy bueno, porque resultó que la comida y la cerveza es buenísima en general; nos contaron historias de las guerras contra los franceses, los chinos, los jemeres y los americanos y vimos el rastro de esas guerras por toda la ciudad … y luego por todo el país.

Nos fuimos también de excursión y visitamos los parajes tranquilos de Nih Bihn y Hoa Lu, con sus ríos poco profundos que serpentean bajo cuevas …

De Hanoi viajamos en tren nocturno a la región de Sapa, una zona montañosa del norte donde las terrazas para cultivar arroz crean un paisaje espectacular. Allí hicimos una marcha a pie por esas montañas, mezclándonos allí y en el mercado de Bac Ha con las gentes de las aldeas, gente que pertenece a grupos etnicos de la zona: los H’mong, los Tay, los  Dao Do… y cuyos atuendos tradicionales nos llamaban poderosamente la atención.

Tras las montañas, cambiamos de escenario, y a nuestra llegada a la Bahía de Halong descubrimos un paisaje fantasmagórico por laniebla, un escenario de película de piratas difícil de describir en el que nos adentramos a bordo de nuestro “junco” y navegamos rodeados de los casi 2000 islotes de la Bahía que, según la leyenda, fue creada cuando en la lucha contra los invasores chinos, un dragón se lanzó al mar y al caer agitó la cola, golpeando ésta la tierra y creando profundos valles y grietas que acto seguido fueron innundados por el mar, creandose así una infranquable barrera natural.

Viajamos tranquilamente ya con sol sorteando estos islotes, visitamos cuevas espectaculares, un mirador donde asistir a un bonito atardecer y una playa donde darnos un chapuzón. Sin duda, un lugar mágico e inolvidable donde parar en mitad del viaje a recuperar fuerzas.

Forzados por las crecidas de los ríos debidas a las lluvias de temporada, cambiamos a última hora el orden de las siguientes visitas y viajamos a Hue. Una ciudad hoy relativamente moderna ya que en su día fue totalmente arrasada por la guerra contra los americanos, y donde encontramos una vez más la fuerza de los vietnamitas, que han reconstruído gran parte de la destruída antigua ciudadela para que podamos contemplar la impresionante , ciudad imperial, con sus templos, sus palacios y sus jardines. Un paseo por el Río del Perfume nos llevó también a la Pagoda de Thien Mu, especial en su construcción, y a los mausoleos Nguyen, sitios todos que reflejan la grandiosidad que reinó en su tiempo en esta zona.

Tras Hue, tomamos la carretera, y atravesando el “Paso de las Nubes” – una montaña llena de curvas desde donde se obtienen unas inmejorables vistas de la Bahía de Danang – y tras visitar las famosas Montañas de Marmol, llegamos a la ciudad de Hoi An, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO para conservar el entramado de las calles, su puente japonés, las casas, y casi la forma de vida tradicional de la ciudad de la seda. Se trata de un pueblo encantador donde pasar un par de días y aprovechar para alquilar una bicicleta e ir a la playa, visitar sus casas típicas, ir al mercado, cenar a la orilla del río, darse el gusto de encargar vestidos, trajes y ropa de seda a medida que te confeccionan en apenas uno o dos días, y de paso visitar las ruinas Cham de My Son, también protegidas por la UNESCO.
Sin duda este entrañable pueblo lo guardo como uno de mis puntos preferidos del viaje.

Nos tocaba ahora viajar al sur, a Ciudad Ho Chin Minh, la antigua Saigon, capital del Vietnam del sur antes de la unificación. El cambio fue radical, ya que pasamos de la tranquilidad relativa del norte y centro a la actividad incesante y casi occidental de esta ruidosa ciudad en creciente desarrollo, con sus rascacielos, su moderna zona comercial, donde las grandes marcas pelean por un hueco donde abrir sus tiendas, y sus bulevares. De ahí nos escapamos para ver el templo de Cao Dai y los túneles de la guerra de Cu Chi, donde nos icimos una idea de cómo tuvieron que vivir las gentes de la zona durante los bombardeos americanos.

Y como guinda y colofón, el salto a Siem Reap, ciudad eminentemente comercial y de ocio nacida al abrigo de uno de los recintos arqueológicos más impresionantes del mundo, la ciudad de Angkor.
Cuando llegamos, nos trasladamos a unos kilómetros, y visitamos el poblado flotante del lago Tonle Sap, nacido al paso del río Mekong, donde la gente se ha acostumbrado a vivir de y sobre el agua.
Y ya al día siguiente empezamos nuestras visitas en taxi, tuc tuc y bicicleta de Angkor, un lugar descubierto, cuando estaba a punto de ser tragado por la selva, en el siglo XVIII, pero que tiene casi 1200 años de antigüedad, y donde destacan el famoso templo de Angkor Wat, su Bayon, y multitud de templos, cada uno con su personalidad propia. Un lugar con una luz y una magia que en los días y las horas más tranquilos, cuando no tropiezas con cientos de turistas, te traslada a su paz original, cuando los monjes que lo habitaban recorrían los silenciosos e interminables corredores de piedra, sus estanques y jardines en pos de la paz interior que predica, y termina por contagiar tras casi tres semanas de viaje, el budismo.

He empezado diciendo que cuando llegamos casi me quería dar la vuelta, pero en el avión de regreso a España, me di cuenta de que Vietnam en particular, y Asia en general, me habían enganchado, y de que como siempre me pasa … ¡¡quiero volver!!

 

(Mónica Ruiz)